Tan discreta resulta su vida que ha pasado el tiempo inexorable y sin darnos cuenta Ana de Inglaterra, la Princesa Real, cumple estos días 60 años. Incluso está a unos meses de ser abuela por primera vez de su hijo Peter y hacer bisabuela –también por primera vez- a la Reina Isabel II.
De todos los hijos de su Graciosa Majestad es, probablemente, la que guarda mayor parecido con su madre. Aunque más que parecido físico (alguno tiene, aunque yo le encuentro bastante de su padre Felipe de Grecia y Dinamarca, Duque de Edimburgo) le encuentro parecido ‘aristocrático’, por así decirlo. De vieja escuela, su proceder es similar: poco accesible, distante, de apariencia poco amable y aspecto espartano; responden perfectamente al perfil de la aristocracia inglesa de toda la vida. Está apegada a las costumbres ancestrales del reino y permanece ajena a las modas y exhibiciones del lujo que se estilan entre los llamados ‘ricos nuevos’, e incluso entre algunos plebeyos que han entrado a formar parte de la realeza y aristocracia en los últimos años.