Sin prisa y sin pausa, de las dos formas, las monarquías europeas han entrado en el siglo XXI en un proceso de ‘plebeyización’ –sirva la palabra-, del que ya no las salva nadie. Aunque no creo que pretendan ser salvadas. Pero sí deben ser advertidas, añade quien esto escribe. Y me explico.
Tan claro como un día de verano se me antoja –entiendan la cursilería- que no estamos en disposición de obligar a nadie a casarse con otra persona sin estar enamorado/a de ella. Dentro de estas personas están incluidos los integrantes de las monarquías. Por tanto a ellos, como a los demás, el amor puede llamarlos por los caminos más insospechados. Incluido a Alberto de Mónaco, quizá el que ha encontrado a su paso los caminos más retorcidos. Aunque dentro de una moderación, el camino cambiante que más comparten las monarquías desde hace unos cuantos años es el de la elección de plebeyos como consortes de los príncipes y reyes titulares.